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Sala de Lectura

Un trabajador ejemplar

Aba Jilkía era un hombre especial. Cuando el pueblo necesitaba que lloviera, los sabios enviaban a comunicárselo a Aba jilkía, y él oraba a Dios, y llovía.

En una ocasión, los sabios designaron dos eruditos y los enviaron para comunicarle que el pueblo necesitaba lluvia.

Los enviados fueron a su casa, pero no estaba allí. Se dirigieron al campo y lo hallaron trabajando la tierra. Lo saludaron, pero él no dirigió su rostro hacia ellos, ni los recibió amablemente, sino que siguió con su labor.

Cuando atardecía, al finalizar su tarea, recogió unas maderas para llevarlas a su casa, y las colocó junto con la herramienta de trabajo sobre su hombro; y a la capa, la puso sobre el otro hombro. Además, durante todo el camino no llevaba puestos zapatos. Solamente cuando llegó a un sitio en el que había agua se colocó sus zapatos, cruzó, y después se los volvió a quitar.

Cuando llegó a un tramo del camino en el que había espinas, levantó el borde de su ropa, y por esa causa los pinchos rozaban su carne y se lastimaba las piernas.

Al entrar al poblado, salió a su encuentro su esposa totalmente ataviada y embellecida.

Cuando llegó a su casa, su esposa entró en primer lugar, después entró él, y por último, hizo pasar a los eruditos.

Una vez dentro de la morada, Aba Jilkía comió pan, y no dijo a los eruditos:
—Venid, comed conmigo.

Después dio de comer a sus hijos. Dividió el pan, dándole al más grande una rebanada, y al más pequeño, dos rebanadas.

Aba Jilkía le dijo a su esposa:
—Yo sé que los eruditos han venido por lluvia, para pedirme que ore a Dios por esa causa. Por eso, subamos a la azotea y oremos a Dios para que conceda lluvia. Es posible que Dios se apiade y otorgue lluvia, sin que sea atribuido ni considerado por los eruditos que fue por nuestros méritos.

Ambos subieron a la azotea, se pusieron de pie uno en un rincón y el otro en otro rincón, y ambos oraron por lluvia. Inmediatamente la plegaria de ellos fue respondida y las nubes se aproximaron primeramente por el sector donde estaba ubicada su esposa.

Cuando descendió, dijo a los eruditos:
—¿Para qué habéis venido eruditos?

Los eruditos le respondieron:
—Los sabios nos han enviado a usted maestro, para que ore y pida por lluvia.

Aba Jilkía les dijo:
—Bendito Sea el Omnipresente, pues vosotros no necesitáis a Aba Jilkía, ya que ha enviado lluvia antes de que me lo solicitéis.

Los eruditos le dijeron:
—Nosotros sabemos que la lluvia vino por usted maestro, porque ha orado y Dios le respondió. Pero díganos maestro cuál es el misterio de algunas cosas que hemos visto y nos sorprenden.

Entonces los sabios comenzaron a preguntarle:
—Maestro, ¿cuál es la razón por la que cuando lo saludamos, usted maestro no dirigió hacia nosotros su rostro ni nos recibió amablemente?

Aba Jilkía les dijo:
—Estaba contratado por la jornada. Y ya que me pagan por el día completo de trabajo, no es correcto que lo abandone siquiera por un instante. Por eso no os dirigí el rostro ni os recibí amablemente.

Los eruditos prosiguieron preguntando:
—¿Y por qué razón usted maestro colocó las maderas y la herramienta de trabajo sobre un hombro, y la capa sobre el otro hombro? Hubiera sido más propicio dejarse la capa puesta, para que protegiera sus hombros del roce con las maderas y no se lastimara.

Aba Jilkía les dijo:
—La capa no era mía, era prestada. Y cuando la solicité, fue con el fin de vestirla, y no con el fin de cargar sobre la misma cosa alguna.

A continuación le preguntaron:
—¿Y por qué razón usted maestro durante todo el camino no llevaba puestos zapatos y cuando llegó a un sitio en el que había agua se colocó sus zapatos?

Aba Jilkía les dijo:
—Durante todo el trayecto podía ver por donde caminaba y evitar las piedras y las espinas, de modo que me era posible cuidar los zapatos, para que no se estropearan, pues no poseo dinero para comprar otros en caso de que se rompan. Pero al llegar al agua no podía ver qué hay en su interior, y corría el riesgo de que me mordiese alguna víbora o un animal dañino. Debido al peligro, los calcé en mis pies.

Los eruditos prosiguieron preguntando:
—¿Y por qué razón usted maestro cuando llegó a un tramo del camino en el que había espinas, levantó el borde de su ropa, y por esa causa los pinchos rozaban su carne y se lastimaba las piernas?

Aba Jilkía les dijo:
—Los raspones de la piel su curan, pero la ropa cuando se rasga, no vuelve a componerse.

Aún insistieron y le preguntaron:
—¿Y por qué razón usted maestro cuando llegó al poblado, salió a su encuentro su esposa totalmente ataviada y embellecida.

Aba Jilkía les dijo:
—Para que ponga mis ojos en ella y no en otra mujer.

Los eruditos siguieron cuestionando:
—¿Y por qué razón usted maestro cuando llegó a su casa, su esposa entró en primer lugar, después entró usted, y por último nos hizo pasar a nosotros?

Aba Jilkía les respondió:
—Porque no os conocía, y no quise dejar a mi mujer sola con hombres extraños desconocidos.

Los eruditos le formularon una nueva pregunta:
—¿Y por qué razón usted maestro una vez dentro de la morada, comió pan sin invitarnos también a nosotros diciéndonos: «Venid, comed conmigo»?

Aba Jilkía les dijo:
—Porque no tenía mucho pan, entonces me dije a mí mismo: no sea que los eruditos crean vanamente que hice un acto de generosidad con ellos, ofreciéndoles compartir mi comida, cuando yo sabía que de todos modos no les daría. Ya que vosotros mismos hubierais visto que no tengo suficiente para todos y no hubieseis aceptado el convite. Dado que actuar de ese modo sería un engaño, preferí obrar como lo hice.

Los eruditos volvieron a preguntar:
—¿Y por qué razón usted maestro dividió el pan, dándole a su hijo más grande una rebanada, y al más pequeño dos rebanadas?

Aba Jilkía respondió:
—Porque el niño mayor está en la casa todo el día, y puede comer de lo que hay aquí, pero el pequeño se encuentra todo el día en la sinagoga, estudiando con su maestro, y allí no recibe comida, por eso, al llegar la noche está más hambriento que el mayor.

Los eruditos volvieron a preguntar:
—Maestro, ¿y por qué razón las nubes se aproximaron primeramente por la dirección en la cual estaba ubicada su esposa y después aparecieron nubes por la dirección en la cual usted se encontraba?

Aba Jilkía les dijo:
—Porque la mujer se encuentra permanentemente en la casa, y entrega pan a los pobres cuando vienen a pedir. Además, la generosidad de ella produce un efecto más próximo que el de la mía en el provecho del necesitado. Ya que el pobre come el pan que ella le otorga inmediatamente, pero si yo le entregara dinero, debe molestarse y salir a comprar el pan para comer. Resulta que cuando yo soy generoso con un pobre, transcurre más tiempo hasta que disfruta de lo que le pueda dar, y la molestia es mayor, en comparación con lo que ocurre en el caso de mi esposa. Además, existe otra causa por la cual la oración de ella fue respondida antes que la mía: había unos hombres perversos que vivían en la vecindad, y yo oré para que muriesen, pero ella oró para que se arrepientan de su mal proceder y retomen la senda del bien. Y efectivamente se arrepintieron de su mal accionar y se convirtieron en hombres de bien (Talmud, tratado de Taanit 23a, mefasrhei hatalmud).

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