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por Gabriel

La confesión perfecta de la unicidad de Dios

El sabio Bejayé ibn Pakuda, de muy grata memoria, fue un escritor, poeta y filósofo zaragozano judío místico y ascético de la segunda mitad del siglo 11, escribió “Los deberes de los corazones” como una guía espiritual de contemplación mística que fue traducido al hebreo y a las principales lenguas habladas por los judíos, entre los que obtuvo un éxito resonante. Es también poeta litúrgico hebraico. De este ilustre sabio y filósofo comentaremos algunos puntos que estimo son importantes de analizar y desarrollar.

“Cuando el hombre ha adquirido, merced al pensamiento especulativo, la certidumbre de la existencia de Di-s Uno, su corazón y su lengua deben de estar al unísono para confesar la unidad divina. Pues la confesión de la unidad varía según los conocimientos y la inteligencia de cada cual. Para unos solo se trata de palabras. Oyen decir una cosa y la repiten sin comprender de ella nada. Otros participan en ella por la lengua y el corazón. Siguen la tradición recogida de los padres. Pero no captan con claridad la significación de la unidad de que son depositarios. Otros, si bien la confiesan comprendiendo el sentido de lo que proclaman, confunden esta unidad con todas las unidades creadas. Llegan a materializar a Di-s, a atribuirle forma y figura, porque carecen de un conocimiento verdadero del ser de la unidad del Se-ñor” (*)

Analicemos este rico texto paso a paso: “Cuando el hombre ha adquirido, merced al pensamiento especulativo, la certidumbre de la existencia de Di-s Uno, su corazón y su lengua deben de estar al unísono para confesar la unidad divina” Este primer comentario a lo que dice el sabio, nos permite comprender que si nosotros por vía de pensamiento especulativo, es decir por medio de un razonamiento puro, por medio de un proceso de pensamiento en donde vamos aplicando las soluciones o encontrando respuestas a las contradicciones, o también por decirlo de otra manera, si llegamos a la conclusión después de raudos ratos de pensamientos y razonamientos, llegamos a concluir finalmente que Hashem existe, llegamos a la síntesis que Di-s tiene existencia propia independiente de cualquier otra cosa y por tanto es una realidad en si mismo, entonces: la persona que así hizo debe confesar sin temor alguno la “unidad divina”, ya que al estar de acuerdo, por decirlo de alguna manera, su corazón y su lengua, se da una unicidad de criterio que refuerza de manera indubitable el proceso discursivo mencionado líneas atrás e ingresa de manera plena a nuestro acerbo de creencias.

Lo que nos dice Pakuda es que el conocimiento de Hashem de alguna manera requiere todo un reconocimiento intelectual, es decir de todo un razonamiento que nos lleve a la aceptación de la existencia del Santo, de lo contrario como veremos más adelante, el proceso es inútil y la síntesis errada, de manera tal que tendríamos cualesquier concepto de Hashem pero no uno real y verdadero. Solo al través de un proceso discursivo es que podemos comprender en la medida de nuestras posibilidades Su existencia y una vez comprendido esto entonces seguimos al paso dos, el cual es “confesar la unidad divina”.

Continúa diciendo de manera muy acertada por cierto, que la forma en que nosotros hagamos dicha confesión de la unidad divina, depende en gran medida de los conocimientos y de la inteligencia de cada cual, aduciendo que para unas personas solo se trata de palabras nada más. Esto nos deja ver que el autor en referencia nos circunscribe la confesión de la unidad divina más a un proceso de síntesis intelectual, es decir, de experiencia, de vivencia, de su acervo cultural y de la capacidad mental de cada cual. La verdad no me lo parece porque Hashem no limita que una persona con poca educación o escasa inteligencia no pueda conocerLo. De ser así se estaría limitando la confesión de Di-s solo a las personas dotadas de una gran educación y de una extraordinaria inteligencia, cosa que en la realidad normalmente no ocurre. Más bien en la realidad vemos que gran cantidad de las personas que son extremadamente inteligentes y que tienen una vasta cultura, más bien prescinden de la experiencia de Hashem y niegan, por sentirse autosuficientes, la misma existencia del Santo, de manera tal que esta conclusión no me parece muy acertada. Pero bueno sigamos.

“Para unos solo se trata de palabras. Oyen decir una cosa y la repiten sin comprender de ella nada. Otros participan en ella por la lengua y el corazón”. En este otro punto quizás si tenga razón ya muchas personas no comprende nada relativo a Hashem, solo saben de El lo que otros les dicen sin tener esa vivencia personal, esa experiencia que les haga enriquecer su concepto de El. Quizás tenga razón en que muchas personas participan o expresan conocer de HaShem por medio de su lengua y de su corazón. Conocí a una persona que día a día manifestaba acerca de su gran experiencia de Hashem, que El vivía en su corazón, que su corazón era el que lo comandaba, que su corazón le decía que Hashem esto, que su corazón le decía que Hashem lo otro, sin tener siquiera un ápice de conocimiento de lo que en realidad Hashem es y en verdad desea. El Santo Bendito Uno es mucho más que un músculo en medio de nuestro pecho.

Finalmente dice el autor, que hay algunos que si pueden confesar de manera correcta la unicidad del Santo pero que suelen confundirla con otras “unidades” que a la postre lo que logran es “materializar a Di-s” Recuerdo en mis años mozos de estudiante universitario en la Facultad de Derecho, en un curso que me sacó canas que se llamaba Filosofía del Derecho, el profesor un hombre con una mirada aterradora y fría, con un lenguaje absolutamente incomprensible e impenetrable para un imberbe recién apenas salido de la adolescencia como yo en ese entonces, nos decía que cada persona tenía su di-s, que cada uno creaba a di-s como le convenía ya que el hombre no podía tener una existencia sin la presencia de Di-s ya que no tenía manera de poder explicar todo lo que lo rodeaba de manera llana, sino solo con base en un “ser” que le diera sustento, concluyendo que Di-s era un “mal necesario” para el hombre. Recuerdo como hoy lo atroz que me parecieron sus palabras de entonces, pero llevan razón solo en el sentido si aceptamos a Hashem como algo material que produjo materia y nada más. En esto lleva razón también Pakuda al decirnos que el proceso discursivo equivocado nos lleva a materializar al Santo. A hacer de Hashem algo material, algo palpable, algo verificable por medio del tan renombrado método científico de hoy día. Proceso equivocado desde luego y que nos facilitará sin mayor demora un concepto errado y poco fiable de lo que es el Santo; confundiendo desde luego lo que El creó consigo mismo, cuando el Divino no está sujeto a las leyes que El mismo creo como, verbigracia, las del tiempo y espacio.

Ya para concluir estas breves palabras, rescatemos lo que nos dice este extraordinario pensador y místico nuestro, que cuando nosotros estamos plenamente convencidos en nuestra mente acerca de la existencia de Hashem, creemos en El, Lo ubicamos en nuestra vida, Lo vivimos, lo experimentamos, entonces habremos tenido éxito ya que así nuestro corazón, en primer término –respetando el orden que hace el autor- y luego la lengua, que es la que dice lo que pensamos se unifican para confesar a los cuatro vientos y al mundo entero que HaShem existe. Antes, si no alcanzamos este grado de síntesis, nuestros esfuerzos serán asaz inútiles y tendremos como la persona que les dije, a HaShem solo en su “corazón” a nivel muscular no más, de manera estólida y no vivo y palpitante en cada una de las neuronas de su cerebro y en todas las partículas de nuestra alma. Esta vivencia es vital para poder atisbarLO y no hacer de este proceso una síntesis por obra de birlibirloque con matices de toda una entelequia.

*(Bejayé ibn Pakuda, Doctrina de los deberes de los corazones)

Gabriel 

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