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Sucot: ¿Alegría Imperativa?

Los días estremecedores culminaron. El shofar, el mes de Elul, Rosh Hashaná, Iom Kipur, todo llegó a su fin.

Ahora, transitando la festividad de Sucot, se nos pide poner énfasis en la alegría. Acentuar que en la vida no todo es temor. Estar alegres pues seguramente Di-s escuchó nuestras súplicas, sellándonos en el Libro de la Vida y de las buenas bendiciones. Tan es así la exigencia del júbilo y regocijo en estas fechas, que uno de los nombres propios de la festividad de Sucot es: “Jag Simjatenu” (la festividad de la alegría).

Bien sabemos que existen dos caminos posibles para servir al Todopoderoso:

1) Por temor a Di-s.

2) Por amor a Di-s.

Reconociendo las bondades incalculables de Un Ser Supremo a cada segundo de nuestra existencia, la persona siente que es un deber escuchar los dictámenes Divinos que Él Encomienda. “Seguro que lo que Dictamine será lo mejor para mí”.

Sin dudas que un padre preferirá que su hijo lo respete más por amor que por temor. No hay margen a pensar que el sendero del miedo sembrará mejor el vínculo afectivo, que lo hará más consistente, más fuerte. De todas maneras, en el camino de las mitzvot (preceptos), el temor es uno de los posibles medios para el servicio Divino. Pero el camino del amor, se lleva la mejor parte… y la mejor paga también.

Nuestros sabios dicen que no es igual una persona que se arrepiente por temor a una que se arrepiente por amor. La primera convierte sus pecados deliberados en pecados inadvertidos; mientras que la segunda los transforma en méritos (Talmud Babilónico, Tratado de Iomá 86b). Por ello es que “en el lugar en donde los arrepentidos se ubican, ni el más grande sabio puede ubicarse”. Pues el más perverso que se arrepienta sinceramente, ¡todos sus actos malévolos se le transformarían en méritos!

Venimos transcurriendo días y semanas de temor al juicio, a la Justicia Divina. No sabíamos qué dictaminarían desde los cielos para el año entrante, si teníamos los méritos suficientes. Por eso rezamos con fervor y de todo corazón. Todo ese trabajo es inducido hasta la festividad de Sucot. Al llegar esta misma Di-s nos dice: “ahora podemos comenzar el año con mayor optimismo. Estén alegres pues su ‘teshuvá‘ (retorno a las fuentes) fue aceptada. Ya no Me Sirvan por temor, ahora quiero que el amor nos una y sea nuestro nexo de comunicación, nuestro lenguaje”.

Y si nos percatamos bien, observaremos que existe un ascenso gradual del nivel solicitado: primeramente comenzamos el retorno con el temor como pilar (en los días del mes de Elul), pero finalizamos los días festivos en el crepúsculo de la relación: con amor y fraternidad como norma.

“Y tomaréis el primer día ramas con fruto de árbol hermoso, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos, y sauces de los arroyos, y os alegrarás delante de Di-s por siete días” (Vaikrá 23:40).

“Y te alegrarás en tus fiestas solemnes, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que viven en tus poblaciones” (Devarim 16:14).

“Siete días celebrarás fiesta solemne a Hashem, tu Di-s, en el lugar que el Eterno escogiere; porque Te habrá bendecido en todos tus frutos, y en toda la obra de tus manos, y estarás verdaderamente alegre” (Devarim 16:15).

En tres oportunidades la Torá nos exige estar alegres en la festividad de Sucot. No es simplemente un buen consejo… ¡es una obligación! Si contemplamos las demás fiestas, en ninguna se nos ordena algo parecido. Siempre se relacionan con acciones puntuales que no involucran estados emocionales. Por ejemplo: en Pesaj estamos obligados a comer Matzá y recordar nuestra libertad; Shavuot es la festividad del recibimiento de la Torá. Pero Sucot, como bien decimos en las oraciones, es “zman simjatenu”, es decir, “momento de alegría”.

Quiere decir que podemos sentarnos en la Sucá, bendecir sobre las cuatro especies y aun así, no cumplir al pie de la letra con las legislaciones de esta festividad. ¿Por qué?, ¡si las acciones las realizamos! Más aun, ¿cómo se nos puede exigir un estado de ánimo? Y si esto es así, ¿por qué sólo en esta festividad y no en las demás?

Si profundizamos un poco en el sentido de la Sucá, en la esencia, quizá podamos encontrar una posible respuesta a todos estos interrogantes:

La medida mínima del ancho de una Sucá debe ser de siete puños por siete puños (7x7). La altura, mínimamente de diez puños (10). Si multiplicamos la medida del largo por la del ancho, nos dará como resultado 70 (7x10). ¿Casualidad? Para nada…

La Sucá representa la vida de la persona. Tal como nos enseña el Rey David en Tehilim: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor…” (90:10). Por más lujos, poder o bienes que poseyemos, nuestra vida es pasajera. El Zohar (volumen 3) nos dice que: “el ser humano transita por este mundo considerándolo como si fuese propio de él, que se quedará viviendo en él eternamente.” Es una realidad. Pensamos que todo lo tenemos y para siempre. Justamente Sucot nos viene a enseñar que todo tiene carácter transitorio. Todo es un “medio para…” y no un fin en sí mismo.

Siguiendo con las leyes concernientes al armado de la Sucá, nuestros sabios nos enseñan que el techo debe estar compuesto solamente por ramas, plantas o yuyos que crezcan de la tierra y que estén arrancadas de la misma (un árbol arraigado a la tierra no serviría).

Claro que lo material debemos utilizarlo. Debemos darle un provecho. Pero… siempre y cuando esté “cortado” de la “tierra”. Si las “ramas” se encuentran “podadas”, entonces adelante… tu misión va encaminada; tratas de combinar lo material con lo espiritual. Pero si lo “terrenal” pasa a ser el fin y no el medio de la vida, si no “cortas” aquellas “raíces”, entonces tu Sucá no es apta.

A fin de cuenta deberíamos repreguntarnos: ¿somos esclavos de los bienes que tenemos?, ¿o estos nos ayudan a elevarnos?

Cuando se aborda el tema del materialismo y lo mundano, suele existir un error de concepto: no significa que debamos habitar en chozas, en ruinas ni tampoco vestir vestimentas rasgadas. Para nada. El dilema erradica en qué hacemos primario y fundamental, y qué secundario e intrascendente.

Y esto podemos verlo claramente reflejado en la Torá:

Nuestros sabios dicen que una de las causas que llevaron al pueblo de Israel a realizar el becerro de oro, fue la abundante cantidad de oro que obraba en su poder. Este mismo les hizo perder la cabeza e ir en contra de la voluntad Divina.

Podría suponerse que habiendo provocado tanto daño, Di-s restringiría su uso. Sin embargo, vemos todo lo contrario: el primer material utilizado para la construcción del Santuario, el cual fue ordenado erigirse como expresión de que había sido expiado el pecado del becerro, ¡fue justamente el oro!

También así las vestimentas del Sumo Sacerdote estaban confeccionadas con oro. “¿Pero para qué tanto lujo?, ¿no era mejor algo más sencillo?, ¿alguna tela barata?”. No. Pues si Di-s Creó ese metal tan precioso, debemos tener provecho de él. Pero nunca perder de vista el propósito y el fin de aquel uso.

Podemos comprenderlo mejor de la siguiente manera:

El número “cero” (0) representa al mundo, a lo mundano.

El número “uno” (1) representa a Di-s, a su unicidad.

0 (Mundo) + 1 (Di-s): todos los “ceros” pierden valor

1 (Di-s) + 0 (Mundo): todo los “ceros” se multiplican

Si colocamos a Di-s primero en nuestra cotidianeidad (1), todo lo mundano sumará (0). En cambio, colocando lo terrenal (0) como prioridad, todos los “unos” (1) perderán el valor.

No está mal vestirse bien si eso provocará que me vea bien y, por lo tanto, contento conmigo mismo. No está mal comprarse un auto 0 KM si con él se podrá pasear con la familia los fines de semana. Nada de eso es una infracción. El punto es: ¿el deseo se ha convertido en un fin en sí mismo?, ¿estamos pendientes de la moda y ello nos llena puramente como seres humanos, o nos complementa?, ¿queremos tener el último modelo descapotable o nos conformamos con el del año anterior?, ¿en qué medida dependemos de aquello y en qué medida lo asumimos como algo utilitario?

Tal como antes mencionamos previamente, en la festividad de Sucot se puntualiza enfocarnos en la “simjá”, en la alegría. También repasamos algunas leyes concernientes a la construcción de la Sucá: todo debe ser muy rudimentario y pasajero.

Pero… ¿cómo podremos estar felices habitando en pequeñas chozas apenas amuebladas?, ¿no estaríamos más alegres en nuestros verdaderos hogares?, ¿acaso no se contradice aquello de “vivir pasajeramente en Sucot” con estar alegres sinceramente?

Generalmente todo lo que entristece a la persona es la envidia, los celos, el “no poder llegar a…”, el anhelar más, la ambición, el deseo. Practicando e internalizado que en este mundo todo tiene categoría de transitorio, de pasajero, llegaremos a no mirar tanto lo que no poseemos y enfocarnos en lo que sí tenemos. Y allí radica la verdadera felicidad: cuando podemos valorar lo que Di-s nos manda.

Cuando no estamos felices con lo que tenemos, podemos llegar a incurrir en la transgresión de “berajá lebatalá” (pronunciar una bendición en vano). En las mañanas decimos: “she asá lí kol tzorkí” (que me hizo a mí de toda necesidad). Al momento que no estamos contentos con nuestra parte, ¡estamos negando que Di-s nos cubrió todas nuestras necesidades! (“Olat Tamid”).

No es que en Sucot se nos exige estar alegres… ¡es algo natural que irradia el ser humano cuando analiza el sentido verdadero de esta festividad! La Torá nos dice: “estarás alegre” no de modo imperativo, sino como queriéndonos decir: “cuando analices el por qué de la Sucá, el verdadero sentido de lo mundano, entonces… ¡estarás alegre! Ya nada podrá entristecerte pues, comprenderás que todo lo melancólico no es fruto sino de lo material y terrenal”.

Cuentan que en una oportunidad una persona había escuchado acerca de la grandeza del Jafetz Jaim; el gran sabio de la época. Viajó varios kilómetros hasta que por fin llegó a su casa. Al ingresar se asombró por la parquedad y austeridad del lugar (esperaba que una persona de su talla debía vivir con más decoro).

Al ingresar, le preguntó: “Rabino, ¿usted vive acá?, ¡¿dónde están sus muebles?!”. El Jafetz Jaim contestó: “¿y dónde están los suyos?, sólo veo que trajo una maleta”. “No vivo acá, Rab, solo estoy de paso…”, contestó. “Yo tampoco vivo acá. También estoy de paso (en este Mundo)…”

También los estados de ánimo son pasajeros. ¡Absolutamente todo! Es otra enseñanza de esta festividad: auto aceptarnos como humanos, reconocer que podemos levantarnos con el “pie izquierdo”, sin dudas. Somos falibles, somos personas. Ser tolerantes con nosotros mismos. Pero entender que podemos cambiar. Que mañana será otro día. ¡Todo es pasajero!

Alan Owsiany

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http://reflexionando21.blogspot.com/


Alan J. Owsiany es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato, estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim (Rejasim, Israel).

Desde la psicología humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral), se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá y las mitzvot.

Actualmente desarrolla tareas como docente integrador y acompañante terapéutico en escuelas ortodoxas de la comunidad.

 

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