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Y ahora… ¿qué nos dejó Janucá?

Ariel tenía fútbol. No podía faltar: el jueves tendrían la final contra los Biónicos Boys y la estrategia debía planificarse estrictamente.

Pamela, tenía teatro. Sí, fin de año se acercaba y la clase abierta, también. Indudablemente el papel protagónico que representaría, le hacía sentir más responsabilidad aun.

Javier –papá de Ariel y Pamela- era un hombre de negocios exitoso. Reuniones de aquí, reuniones de allá, no pasaba un día sin llegar a casa pasadas las diez de la noche.

Y Vanina, ama de casa y madre de estas dos” joyitas”, no escatimaba esfuerzos para que la casa esté en orden, pero ella también merecía tener su vida social activa (al menos eso habían acordado con Javier), lo que provocaba que el teléfono esté ocupado desde las ocho de la noche hasta las nueve y media, aproximadamente.

Ahora ellos tenían un tema a resolver: como judíos practicantes que eran, TODOS debían reunirse para encender las velas de Janucá no bien entraba la noche, a la salida de las estrellas (ver Talmud Shabat 21 b). ¿Sería esto realmente posible, teniendo en cuenta las variadas ocupaciones individuales que cada uno poseía?

En nuestro siglo, la preocupación del hombre por no sentirse solo es constante.

Radio, celulares, computadoras, juegos, tabletas digitales, consolas de video juegos… abanico de opciones, de todos los gustos y colores… portables, no portables, en tres dimensiones, en HD.

Quizá suene desconcertante (¡y hasta amenazante!) encontrarse con uno mismo: “¿quién seré?, ¿gustaré de mí?, ¿seré aquel que pienso que realmente soy?”.

El individuo siempre se encuentra en movimiento, en actividad. No sea cosa que quede un minuto libre y estos pensamientos invadan el pensamiento.

¿Alguna vez nos preguntamos qué pasaría si dejáramos nuestros “aparatos inteligentes” por unos minutos, y en cambio, contemplásemos un paisaje, el cielo, pensáramos más en cómo mejorarnos a nosotros mismos como personas, o en cómo hacer el bien a otros?

Suena paradójico: por un lado buscamos constantemente aparatos para combatir la soledad, para estar siempre “comunicados” e interconectados con todos… pero cuando tenemos la oportunidad de reunirnos con la familia, de persona a persona, escapamos con diferentes ocupaciones. Pareciera ser que en nuestro tiempo el vínculo distante está siendo priorizado, antes que el real (¡qué triste!).

Y justamente este es el mensaje de Janucá: al menos por ocho días, dejar las ocupaciones a un lado. Este pequeño período que sirva para que reflexionemos acerca de las relaciones humanas: si realmente estamos cerca de los que más nos necesitan. Si valoramos lo que tenemos o estamos buscando aquello que no poseemos para quejarnos.

Y ya que tanto nos cuesta encontrar aquel tiempo para reunirnos, se nos exige hacerlo al menos ocho días al año y con los que más nos necesitan: nuestra familia.

Tiempo nunca hay, ¡al tiempo hay que HACERLO!

Alan Owsiany

Untitled Document http://www.alanconsultor.com.ar

http://reflexionando21.blogspot.com/


Alan J. Owsiany es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato, estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim (Rejasim, Israel).

Desde la psicología humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral), se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá y las mitzvot.

Actualmente desarrolla tareas como docente integrador y acompañante terapéutico en escuelas ortodoxas de la comunidad.

 

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