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Auto… ¿estima?

En estos últimos tiempos, el consumo se ha convertido en la poderosa arma y engranaje principal de las economías capitalistas. La influencia social en este aspecto se vuelve determinante para ensanchar aun más este factor de riesgo, arrastrando a la humanidad más cerca del abismo y más lejos del conformismo.

Ambición, lujuria, envidia, engaño, toda acción es válida a fin de alcanzar –en cuanto podamos- aquello que nuestros ojos codician. Hasta somos capaces de endeudarnos y sacar créditos millonarios -aun sin saber a ciencia exacta cómo haremos para pagarlos; o bien, aceptando que recién nuestros tataranietos podrán hacerse cargo del compromiso asumido- con tal de no ser menos que el vecino. “¿Por qué él puede tenerlo y yo no?”. Quizá innecesario, tal vez no, el punto es dar luz verde a todo impulso repentino que se despierte en nosotros, sin necesidad de revisión y/o análisis. “Siento, hago.”

El propio humano se transformó a sí mismo en un bien de consumo. Siente su vida como un capital que debe ser invertido provechosamente. Si lo logra, habrá triunfado y su vida tendrá “sentido”; caso contrario, será un “fracasado”, sin razón de ser ni de existir.

Si en el siglo XIX la problemática se planteaba como la “muerte de Di-s” (jzb”sh), en nuestro siglo la dificultad podría estar representada como la “muerte del hombre”. Lo mismo que él ha creado se ha tornado en su propia contra.

Ello explica -quizá- por qué cada vez encontramos más personas depresivas, individuos que se sienten carentes de sentido, de contenido, con crisis existenciales, que no encuentran un proyecto vital. Sufren un verdadero síndrome de des futuro. Marginados y excluidos del sistema. “No hay lugar para todos; para triunfar yo, debo hundir a mi compañero, alguien debe perder”.

Quizá ahora se entienda un poco más el juego al que tanto estábamos acostumbrados a jugar en el jardín de infantes: “el juego de la silla”. ¿En qué consistía?

Se colocaban sillas en ronda. Siempre una menos de la cantidad total de alumnos. Si eran 20 infantes, se ordenaban 19. Al escuchar la música los chicos debían dar vueltas alrededor de las sillas. Cuando la melodía se detenía, cada niño debía buscar un lugar para sentarse. Aquel que no lo encontraba, “perdía”, se quedaba fuera. Así el juego seguía, quitándose una silla en cada oportunidad. El que se quedaba último se transformaba en el gran “ganador”.

El mensaje que nos transmitían nuestras tiernas e inofensivas “señoritas”, maestras jardineras -aun sin quererlo pero muy claramente- era: “para triunfar en la vida hay alguien que obligatoriamente debe perder; algún rival se debe hundir. No hay lugar para los dos.” En vez de observar a mi compañero como un aliado, lo transformo en un claro rival; o es él o soy yo. La ley de la selva.

El mejor exponente de una sociedad como la nuestra -occidental y democrática- es el adicto (si bien es cierto que la adicción no se limita tan sólo a la ingesta de sustancias, tomaremos este ejemplo a modo explicativo y referente de “adicción”).

Si antiguamente se observaba al consumidor de sustancias como “híper adaptado” a una sociedad de consumo, hoy día se ha transformado en “normal”. “Normal” y a la vez juzgado por el mismo sistema que constantemente incentiva a sus habitantes con mensajes de consumo impulsivo e inmediato. “¡Llame ya!”, de inmediato -no sea cosa que pasen unos minutos y se dé cuenta que el producto no lo necesita en absoluto-“. Paradójicamente, el adicto se vuelve un referente de la sociedad de consumo, pero al mismo tiempo es censurado duramente por las leyes regionales.

Esa falsa ilusión que “somos libres y elegimos”, se desdibuja a los pocos instantes de reflexión, cuando apreciamos (si es que nos dan tiempo suficiente para pensar…) que no somos más que esclavos de la sociedad que nos empuja a la esclavitud, transformando a los humanos en consumidores pasivos, externos, eternamente expectantes y hambrientos. En un “eterno lactante”, según Erich Fromm, que bebe de una gran mamadera, que es el mundo. “Por estar enajenado en mí mismo necesito, de alguna manera, llenar ese vacío”, y allí surge ese “llenar” con sustancias dañinas aquello que no puedo llenar con sentido vital, de existencia.

Así, el hombre queda fuera de sí mismo. Identificado con los valores de mercado. “Vales por lo que produces”. Más que poner atención en el adentro, en su propia esencia, su mirada se fija en el exterior, en el mundo circundante. Condicionando su manera de ser, de obrar, en base a los estímulos ajenos a sí.

Dependiendo de factores externos a nosotros mismos para lograr la ansiada felicidad, nos alejamos cada vez más de la verdadera dicha. No quiere decir que si nos gusta comprarnos ropa y demás productos, seremos “pobres infelices” y desajustados psicológicamente. En absoluto. Ahora bien, si nuestra felicidad completa, total y absoluta depende únicamente de estos factores; si nos valemos meramente por aquel auto que acabamos de adquirir, deberíamos chequear bien qué anda pasando con nosotros mismos que exclusivamente llenan nuestra existencia toda objetos puramente materiales.

La valoración propia, hacer foco en lo interno, nos permite conectarnos más con nuestro eje existencial; tomar distancia de las miradas e ideologías externas, para así actuar desde nosotros mismos: con nuestra idiosincrasia, metas y objetivos a alcanzar.

No es un tema menor. Si nuestro ideal es vivir como judíos observantes y pensantes, no podemos dejar de reflexionar en este asunto. También por nuestros hijos, que no por ser pequeños quedan excluidos de este factor sintomático de la sociedad padeciente. ¡Hasta en la misma escuela el dueño de la pelota decide quién, a qué y cuánto tiempo se juega! ¡Un niño de 6 años ejerce poder sobre a sus pares, sometiéndolos, mientras estos mismos aceptan someterse a sus caprichosas órdenes, quedando invalidados como sujetos, sin derechos a quejas! (no sea cosa que por protestar, el “dueño” no los deje jugar…)

En el Seder de Rosh Hashaná, una de las típicas comidas que se acostumbran a ingerir, es la famosa cabeza de pescado. “Que en el año entrante seamos cabeza y no cola”, dice la tía con ahínco. Ahora bien, ¿qué tiene de negativo ser “cola”?, ¿acaso la “cola” no llega también a la meta? Claramente lo hará un tanto después, pero ¿qué apuro hay?

El mensaje que nuestros sabios nos quieren dejar es el siguiente: “que seas cabeza” en tus metas a alcanzar; que los objetivos que te plantees sean por un deseo interno y propio, desde tu propia esencia; no arrastrado por un “cabeza” que no sea la tuya; no debes ser “cola” de ninguna ideología de la sociedad, siempre “cabeza”, propulsor de tu propio destino (Gaón de Vilna).

Cuando llegamos al punto de llenarnos con “algos” externos a nuestra propia esencia, deberíamos replantearnos qué tipo de valor nos damos como personas, como seres humanos. ¿Estamos contentos con la vida que llevamos?, ¿qué nos gustaría modificar? ¿aceptamos nuestros defectos?, ¿reconocemos que no somos perfectos?, ¿cómo afrontamos el hecho de no llegar al perfeccionismo?, ¿lo aceptamos?, ¿lo negamos?, ¿pensamos que podremos alcanzarlo de todas formas?, ¿ realmente llegamos a gustar de nosotros mismos en todo sentido de la palabra, con nuestros defectos y nuestras virtudes?

“Y creó Di-s al ser humano a imagen Suya; a imagen de Di-s lo Creó a él; varón y mujer los Creó a ellos” (Génesis 1:27).

La Torá nos deja claro el valor que poseemos tan sólo por ser humanos. Una chispa divina, un pedazo de Di-s es la esencia nuestra persona. Por eso no es nada sencillo ofender a nuestro compañero… ¡un fragmento de Di-s está siendo agraviado!

Cada individuo que respira, que se encuentra con vida, más allá de la situación bio-psico-social en la que se encuentre, se halla en el mundo con una función, con un propósito, con una misión a desarrollar. “¿Cuál será mi misión en este mundo?”. Podemos pasarnos la vida buscando la respuesta a aquel interrogante; seguramente existan muchas personas que se van del mundo sin hallar una contestación concreta (¿la habrán buscado realmente?), pero debemos saber que –cueste o no entenderlo- todo tiene una finalidad.

¿Acaso somos reproducciones inútiles de la especie humana?, ¿clones, producto de la ciencia moderna? ¿Un Ser Completo y Magnífico Otorga vida a individuos para perder el tiempo, sin ninguna meta u objetivo?

Así como poseemos rasgos únicos en nuestros rostros pero no por ello dejamos de pertenecer a la especie humana, así también tenemos características y talentos parecidos a los de nuestro semejante, más no iguales. Nadie y absolutamente nadie en el planeta puede reproducir las capacidades y aptitudes de cada individuo en particular.

Seguramente cada uno sabrá qué lo hace sentirse autorrealizado como sujeto. Es algo muy personal. Aun así, me parece interesante compartir algunos tips que pueden ser de utilidad o disparador de ideas, para aquellas personas que aun estén en la búsqueda o deseen mejorar su autoestima:

1) Anotar en una lista las obligaciones cotidianas. “Hacer la cama”, “preparar el desayuno”, “barrer el comedor”, “planchar las camisas”, “hacer las compras”, “sacar la basura”. Ocupaciones a corto plazo, las de todos los días. No hace falta anotar metas inalcanzables ni que lleven meses de preparación. Llevar la lista en algún bolsillo o cartera y a medida que se van haciendo, ir tachándolas. Al final del día, observar todas las cosas que hemos hecho. ¡Sorprendente!

Llevamos una vida tan acelerada, que ¡hasta nos olvidamos todo lo que hacemos en el día! De esta manera, llevaremos un registro de nuestras ocupaciones. Aun siendo ocupaciones que nos corresponden como padres, esposos o hijos, quedará una marca de nuestra labor, por más insignificante que pueda parecer. Le diremos a cada una de ellas: “a pesar de mis corridas, te tengo en cuenta; y gracias a ti puedo darme cuenta que tengo capacidad para realizar infinidad de acciones provechosas y necesarias; para mí, para los otros, para los míos, para los tuyos; para todos”.

El hecho de “tachar” también produce una satisfacción de realización. Un constante “llegué a la meta propuesta”.

También observar que alguna ocupación de la lista no se tildó, nos comprometerá aun más para realizar dicha tarea. Quedará un registro de un quehacer voluntario que quisimos hacer pero no hemos llegado.

Al observar la lista al final del día, asimismo resulta interesante ir recordando mentalmente cómo fue realizada cada actividad. ¿Cómo me sentí?, ¿lo hice realmente como lo tenía planeado?, ¿efectué ocupaciones por obligación, por placer?, ¿invertí mis mayores esfuerzos?, ¿podría hacerlo mejor en una próxima oportunidad?

2) Hacer bien a otros.

En un sistema individualista, en donde se hace difícil pensar en otro; en donde “otro” es sinónimo de competencia y no de complemento; en donde prevalece la ley del más fuerte, la ley de la selva, quizá esté resentido el hecho de preocuparse por los demás.

Llamar a una tía que vive sola, a una abuela que enviudó, visitar a una pareja de ancianos, pueden ser -tan solo- algunos ejemplos de todo lo que podemos hacer por nuestro semejante (nota mental: a veces no tendremos que caminar ni siquiera 5 pasos para encontrar algún necesitado; en nuestro mismísimo hogar existe una esposa que necesita que alguien bañe a los chicos o les sirva de comer… el verdadero favor al prójimo comienza por casa…)

Y aunque parezca que damos y no tomamos nada a cambio, creo que ¡recibimos más de lo que damos! (claramente que este no debe ser el motivo que nos promueva a dicho accionar; caso contrario, entraríamos nuevamente al modelo egocéntrico y apático reinante). Nos da el valor que podemos ser “algo” para otros. Que existen personas que nos esperan, que están pendientes de nuestra visita. Que sienten que estamos con ellos. Que les “alquilamos” nuestros oídos sin cobrarles siquiera una moneda de alquiler. Que los valoramos por su calidad de humanos, sin esperar nada a cambio.

Sin dudas que si nuestra ESTIMA depende pura y exclusivamente del AUTO por el cual tanto pagamos, podremos decir con seguridad que andamos carentes de sentido. Algo anda fallando en nuestros “motores”.

“Auto… ¿estima?” Depende de qué sentido le des a tu existencia. ¡A poner en
marcha los motores!

Alan Owsiany

Untitled Document http://www.alanconsultor.com.ar

http://reflexionando21.blogspot.com/


Alan J. Owsiany es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato, estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim (Rejasim, Israel).

Desde la psicología humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral), se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá y las mitzvot.

Actualmente desarrolla tareas como docente integrador y acompañante terapéutico en escuelas ortodoxas de la comunidad.

 

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